La sal es uno de nuestros principales aliados para hacer que un plato esté sabroso, eso sí, con cuidado de no pasarnos. La Organización Mundial de la Salud recomienda no sobrepasar los 5 gramos diarios (una cucharadita), aunque aquellos que tienen algún tipo de problema de salud como la diabetes, problemas de hígado o hipertensión, no deberían consumir más de 4. ¡Eh, no os alarméis! Porque utilizada es su justa medida, puede ser de gran ayuda. Este mineral tiene más propiedades que podemos aprovechar en el terreno culinario.

La sal para drenar
Es una tradición echar agua marina o, en su defecto, agua mezclada con sal cuando necesitamos despejar la nariz o los oídos. Pero espolvoreada en algunas hortalizas como las berenjenas o los pepinos, hace que suelten el exceso de agua y los jugos amargos.
La sal, conservante natural
Es un proceso curioso, puesto que la salazón produce una deshidratación parcial del alimento y, a su vez, se evita el desarrollo de ciertas bacterias, lo que provoca que el alimento se conserve en perfectas condiciones. Algunos ejemplos son el bacalao o el jamón ibérico.
La sal como aglutinante
Se usa como aglutinante en la carne, en concreto, en los embutidos, formando una gelatina de carne, grasa y líquidos.
La sal, potenciador de sabor
Es el uso más extendido desde hace miles de años. Como todos sabemos, refuerza el sabor y el aroma de la comida, especialmente la carne y verduras. Es recomendable espolvorearla cuando ya estén cocinados, es decir, al final, porque de hacerlo antes de cocinarse, la carne se endurecerá.

Sal como texturizador
La sal se usa para dar textura a los alimentos además de para controlar la fermentación en el caso de quesos, margarinas, mantequillas o cremas.
Hemos hablado de usos en la cocina, pero la sal tiene múltiples cualidades que se aprovechan en las industrias químicas para producir cloro o jabones, en los tratamientos de agua, en la industria textil o para controlar el hielo de las carreteras, entre muchos otros. Definitivamente, es un producto indispensable.